Durante mucho tiempo, ser sensible se entendió como debilidad.
Como fragilidad.
Como algo que había que corregir.
Pero quizás la mujer sensible no es débil.
Quizás es perceptiva.
Percibe lo que no se dice.
Siente los cambios sutiles.
Detecta la tensión.
Escucha el ambiente.
Observa lo invisible.
La sensibilidad no siempre es emocional.
A veces es intuitiva.
A veces es corporal.
A veces es simplemente saber.
La mujer sensible no reacciona porque sí.
Reacciona porque percibe más.
Y en un mundo que se mueve rápido, esa percepción puede sentirse abrumadora.
Pero también es una forma de inteligencia.
La mujer sensible observa antes de actuar.
Siente antes de decidir.
Escucha antes de hablar.
No suele ser cómodo.
Y menos fácil.
Pero es su verdad.
Tal vez la mujer sensible no necesita endurecerse.
Tal vez necesita aprender a sostenerse perceptiva.
Porque sentir mucho no es debilidad.
Es una forma distinta de estar en el mundo.
Y cuando deja de verse como demasiada,
empieza a percibir su profundidad.
Eso también es poder.

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